LA CAÍDA DEL IMPERIO  ROMANO

LA CAÍDA DEL IMPERIO  ROMANO

 

 


            Tal vez "La caída del Imperio romano" sea, junto a "Ben-Hur", el gran prototipo de este subgénero. Porque en ella se reunieron casi todos los que tenían algo que ver con él. En primer lugar, el director, Anthony Mann, que, tras una primera época dedicada a westerns intimistas y, a veces, extraordinarios (Winchester 73, Tierras lejanas), consagró la última etapa de su carrera a las grandes epopeyas históricas, comenzada con "Cimarrón", continuada con "El Cid" y rematada con esta "La caída del Imperio Romano". En segundo, el  productor Samuel Bronston, que convirtió su carrera en un continuo y megalómano intento de reconstruir la historia de la humanidad. En tercero, la físicamente superdotada Sofía Loren, que de ser una demasiado exuberante Doña Jimena en la citada "El Cid" pasó a convertirse aquí en una turgente Lucila. Y, por último, Stephen Boyd quien, a pesar de contar con una extensa filmografía que abarca prácticamente todo tipo de géneros, ha pasado a la historia del cine gracias a dos romanos un tanto peculiares: el ostensiblemente homosexual Mesala de "Ben-Hur" y el legalista, ingenuo y muy enamorado Livio de La caída... La película fue rodada en España porque es donde había establecido su base de operaciones la productora de Bronston. Y  no precisamente por una cuestión de amor hacia este país sino, más bien, de amor hacia su propia cuenta corriente. Porque en la época en que el magnate decidió empezar a rodar en España (mediados de los  cincuenta), éste era un país aislado del resto del mundo, que vivía olvidado en su autarquía. Franco debió pensar que el cine (no hay que olvidar que era una de sus grandes pasiones y él mismo escribió el guión de algún que otro memorable título bajo el seudónimo de Jaime de Andrade) era un buen medio para iniciar una tímida apertura. Así que le abrió a Bronston de par en par las puertas de España, ofreciéndole unas condiciones económicas prácticamente irrisorias y, no sólo eso, poniendo a su disposición el propio ejército para las grandes escenas de masas. Así que Bronston se trajo sus tinglados a España, en un intento de competir con los estudios italianos de CineCittá (el otro gran escenario de rodaje de las superproducciones) y realizó aquí, además de esta película, "55 días en Pekín", "El Cid" y "Salomón y la Reina de Saba".

            Como película, "La Caída del Imperio Romano" está planteada, como si de una obra de teatro se tratara, en tres actos, tan diferenciados entre sí que hay incluso unos prolongados fundidos en negro que los separan. El primero, que sirve como presentación de personajes (unos personajes, por qué no decirlo, demasiado esquemáticos y, como en el caso del ciego al que da vida Mel Ferrer o el liberto griego encarnado con su habitual maestría por James Mason, un tanto maniqueos), es, probablemente el que más le interesara a Mann, porque está plagado de reflexiones filosóficas y análisis del pasado por parte del viejo Marco Aurelio, metido en la piel de Alec Guinness. Y es que no hay que dejar pasar por alto que el director no sólo estaba a punto de cumplir los 60, sino, lo que es más importante, se encontraba ya en la fase final de su carrera y prácticamente despidiéndose del cine (de hecho, esta fue su antepenúltima realización y la última de cierta importancia). La segunda tal vez sea la más espectacular, repleta de batallas entre romanos y bárbaros y aquella en la que los momentos de tensión dejan más espacio a la historia de amor imposible entre Loren y Boyd, que, en ocasiones, adquiere tintas del melodrama más clásico. Aquí hay que añadir que al personaje de Lucila se le concede una trascendencia histórica que no tuvo, pero es algo necesario para poder justificar la presencia de Sofía Loren al frente del reparto. En la tercera y última parte, la que de verdad cuenta la caída del imperio romano, asistimos a un derroche de histrionismo por parte de Christopher Plummer y a una simbología muy evidente: cualquier tiempo pasado fue mejor y la caída del imperio romano no sólo representa la caída de una formación política sino también la muerte del sistema de grandes estudios que había regido con mano firme en Hollywood desde el nacimiento del cine. Es decir, la muerte del cine clásico. Porque si hay dos cosas que brillaron con luz propia por encima de todas las demás fueron, sin duda, el Imperio Romano en sus dos primeros siglos de vida y el cine de los años dorados, ese cine que murió, precisamente, con el nacimiento de grandes superproducciones como éstas, tras las cuales ya nada volvió a ser lo mismo. La película ofrece una gran cantidad de temas que pueden ser utilizados para ilustrar distintos aspectos de la historia de Roma. Sería imposible desbrozarlos siquiera. Por ello voy a detenerme sólo en unos cuantos. Empezando por el propio argumento.