CRÍTICA DE JULIO CÉSAR

 JULIO CÉSAR

 

 

            "Julio César" nos sorprende ya que no tiene la espectacularidad, a veces de chillones colores, a las que nos tienen acostumbrados las películas "de romanos", ya que estamos ante una obra carente de fasto, que posee sobrios decorados y está filmada en blanco y negro. Todo esto contrasta con una película del año 1953, "La túnica sagrada" de Henry Coster donde se desborda el color y se emplea la técnica del cinemascope.

            La otra sorpresa es la sensación de teatro filmado que presenta la película, que no en vano intenta ser una fiel adaptación de la obra del mismo nombre de Shakespeare. Para ello contaba con la presencia de John Gielgud, experto en el teatro clásico Inglés, además de un plantel de inmejorables actores que es imprescindible escuchar en versión original, y más aún cuando sabemos que se rodó con sonido directo.  

            Si por el título esperábamos a César como protagonista absoluto, vemos más bien que es Bruto al que más se le dedica en la obra, recibiendo mayor atención. Sin embargo la figura de César está siempre presente. En los tres primeros actos con su presencia física y por ser la víctima está en boca de todos los conjurados. En los dos últimos, una vez muerto, es su fantasma o su sombra vengativa la que aparece. El clímax de la película lo componen las escenas del asesinato y los dos discursos. Se ha dicho de los discursos que el de Bruto es de una pieza de oratoria más bien aticista, simple, sin adorno ni concesiones al  patetismo, y que el de Antonio es más bien asianista, recargado, sin argumentos que sólo busca conmover a una plebe bastante voluble.  La realidad  es que en el discurso de Bruto hay patetismo incluido y que en el de Antonio el testamento es un fuerte argumento. Bruto no llega a convencer a la plebe de que César era ambicioso y Antonio les convence de que no lo era.