Los héroes

LOS HÉROES

 

            La mixtificación conoció resultados pintorescos, al coincidir en un mismo plano el reclamo de la antigüedad y la mística del deporte. La exhibición permanente de hazañas sin cuento -con primeros planos de exageradas musculaturas en acción- saturaron en una sola temporada lo que en "Hércules" pudo parecer una novedad. Sin embargo, un filme como "La batalla de Maratón" (1959) ejemplarizó, con dignidad, todos estos excesos, y no tanto en la parte debida al excelente Jacques Tourneur (realizador nominal) cuanto en las escenas de la batalla submarina, debidas a Mario Bava.

            En este filme, donde no faltaba ninguno de los tópicos del género, se buscó la glorificación estética del atleta por medio de un entronque con sus antecedentes clásicos: como en el filme de Leni  Reifenstal, "Olimpiada", la gesta del héroe se remontaba al mito de la palestra; y una secuencia de pre-genéricos, con los atletas corriendo desnudos en la Olimpiada, y Steve Reeves coronado vencedor frente a sus compañeros, indicaba claramente que el mito del súper-hombre era tratado bajo otra óptica. Por supuesto, los pretextos para el exhibicionismo masculino fueron abundantes en la citada batalla final, donde los miembros de la Guardia Sagrada, acaudillados por Steve, se retuercen en agonía bajo las aguas, protegiéndose mutuamente y ataviados con escuetos bañadores de carácter helenizante, por así decirlo.  

            El peplum constituyó un gozoso tributo al esplendor de la carne mientras se prestó al lucimiento del atleta Steve Reeves. En el divertido cortejo de gimnastas despistados, él constituyó una maravillosa excepción. No sólo llegó el primero: fue superior a los demás. Su cuerpo era equilibrado, sus músculos racionales, sus rasgos poseían  cierta nobleza clásica. Por pura lógica, quedaba siempre vencedor en el concurso "Le plus bel Apollon du cinéma", que organizaba la revista Cinémonde por votación popular y, como pretexto para presentar las formas más permisivas del desnudo masculino sin escandalizar a los moralistas de la época (de 1958 en adelante). Ciegos que eran, pues Steve se convirtió en divinidad tutelar de los onanistas homoeróticos de medio mundo.

            "Hércules" le reveló al gran público cuando ya era una leyenda del fisicoculturismo, como recuerdan todavía hoy las revistas que entienden del tema. Este reclamo bastó para que se le considerase ideal para encarnar a todos los héroes de lo que los americanos sagaces llamaron "Ioincloth serie", picardía que podría traducirse como "filmes de taparrabos". Los créditos de Steve fueron muy altos. Después de hacer "Hércules" fundó Roma en dos ocasiones consecutivas: vestido de Rómulo -su hermano Remo era Gordon Scott- y disfrazado de Eneas ("La leyenda de Eneas", segunda parte de "La guerra de Troya". No contento con duplicar tan legendaria gesta, venció a los persas en Marathon, salvó al imperio del furor de las hordas de las estetas -"El terror de los bárbaros"- y se convirtión en primogénito de Espartaco en lucha a favor de los pueblos esclavizados y a punto de morir en la cruz, como papá. Amplió sus hazañas introduciendo en ellas elementos sadomasoquistas que no carecían de empaque. Steve se parecía mucho al ideal estético de ciertas escrituras paganas. Era un cruce entre Heracles  y Apolo, y cuando caía prisionero de sus enemigos, parecía Lacoonte, Marsias y el Sebastián cristiano.

            Su ejemplo fue imitado por otros , especialmente por Mark Forest, quien siempre pareció encontrar cierta complacencia cuando el villano de turno ordenaba que le tendiesen sobre el potro con las piernas abiertas. Y en este punto es imposible no hacer hincapié en las solapadas intenciones de un género que utilizaba todos los pretextos del filme de acción para explotar el erotismo de sus intérpretes, en cualquiera de sus formas.

            De todos modos, si atletas como Steve, Forrest, Gordon Scott o Kirk Morris prestaron cierta dignidad al prototipo, no puede decirse lo mismo del resto, el abundante cortejo de forzudos llegados de Norteamérica o simplemente nacidos, criados y alimentados en Italia y rebautizados con pseudónimo yanqui por razones de promoción. La lista incluye a Reg Park, Ed Fury, Brad Davis, Gordon Mitchel, Mickey Hartyngay -promocionadísimo esposo de Jayne Mansfield-, Joe Robinson -descubierto en el filme de Carol Reed "El niño y el unicornio"-, Alan Steel, Richard Harrison y Reg Lewis.

            Si las concesiones al kitsch, típicas del género, fueron parcialmente redimidas en el caso de Reeves, esto no aparece tan claro en el caso de los nombres citados, cuyo nivel  de expresividad siempre fue nulo, cuando no cómico. Son intérpretes que contribuyeron a la banalización total de un género, rematado por el abuso y que terminó en una serie de productos más execrables aún que los originales. En cuanto a su físico, cabe recordar que, con el pretexto del "destape", nunca apareció sobre la pantalla un mayor número de hipertrofia muscular, no siempre agradable. Esta tendencia, esta pérdida del termino medio , favoreció el descrédito de cualquier mito honorable, descrédito aumentado por una empecinada sombra estupidez reflejada en el rostro.

 

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